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Parecía que su inasistencia a la ceremonia en la que se le entregaría el Premio Juan Rulfo que había ganado no era más que una de sus ya conocidas ausencias en reuniones de ese tipo. Parecía que todo respondía a un bien trazado plan para seguir siendo fiel a lo que siempre había hecho. Pero sólo parecía.
Porque esta vez, su ausencia se debía a un motivo no sólo real, sino mucho más grave que aquellas dolencias que urdía para excusarse ante sus anfitriones. Aunque incluso en esta dolorosa circunstancia, inusual por el desenlace que tuvo cuatro días después, Julio Ramón Ribeyro fue el mismo Julio Ramón Ribeyro de siempre.
Y es que pese a la fama y el reconocimiento unánime que le prodigó su talento, su mayor anhelo fue siempre ser tan común y humano como cada uno de los ?paradójicamente, también famosos? personajes de sus historias.
"¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula celebridad?", le pregunta alguien a Luder, su alter ego en Dichos de Luder. Y la respuesta de Luder ante tal interrogante es acaso la más puntillosa síntesis de lo que Ribeyro ansiaba: "Por supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para ser completamente desconocido."
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Nacido en Barranco en 1929, en el seno de una familia tradicional, tuvo una infancia feliz y una precoz inclinación por dedicarse a la literatura que, también pronto, se chocó contra la férrea oposición de su padre, quien quería para él una profesión con futuro.
Y aunque ingresó a la Pontificia Universidad Católica de Lima para estudiar Derecho acatando el deseo paterno, esto no fue más que el pretexto ideal para complacerlo pero, al mismo tiempo, tener la libertad para hacer, a hurtadillas, lo que realmente quería: ser escritor.
La universidad y la bohemia se convirtieron así en el primer laboratorio para su experimentación creativa, actividad que compartía con un círculo de noveles pero talentosos literatos entre los que pronto comenzó a destacar.
Entonces, más seguro que nunca de sus cualidades narrativas, pero también de su renuencia a ser parte de los colectivos literarios y compartir las ansias de popularidad del círculo que frecuentaba, decidió poner fin a su experiencia universitaria y enrumbar hacia Europa. Y partió sin más deseo que el de ser escritor pero, sobre todo, un ser humano común como lo eran todos los personajes que ya había comenzado a crear en sus relatos.
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El periplo de su autoexilio europeo lo lleva a vivir cortas temporadas en Madrid, Amsterdam, Amberes, Londres, Munich y París, ciudad en la que decide instalarse a inicios de los años sesenta.
Su vida en París transcurre entre la catarsis creativa, el hambre y la bohemia, todas compartidas con un pequeño grupo de escritores que, como él, habían llegado ahí alentados por las míticas musas literarias que, como se creía entonces, deambulaban por doquier por la Ciudad Luz.
Y acaso haya sido cierto. Porque en su caso, su musa se le presentó convertida en forma de diversos trabajos ?fue repartidor de periódicos y periodista de la sección en español de una radio francesa? hasta encontrar un puesto como periodista en la Agencia France-Press, labor que desempeñó casi por 10 años, hasta que en 1971 fue nombrado Consejero Cultural del Perú ante la Unesco. Lo cual le dio la tranquilidad para dedicarse a lo que había anhelado toda su vida: escribir y sólo escribir.
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Su etapa parisina fue para Ribeyro creativa y experimentalmente prolífica. Y es que a sus conocidas obras en el terreno del cuento y la novela, se añadieron en ese periodo sus ahora considerados magistrales textos aforísticos y su incursión en los géneros del ensayo y del teatro.
Es ese mismo periodo, también, en el que el reconocimiento a su obra, y su fama, crecen en la misma proporción al rechazo que Ribeyro siente hacia ellos.
"Me molesta la fama en parte porque no me permite pasar desapercibido, me saca del anonimato en el cual me gusta vivir", dijo refiriéndose a ella.
Y esa actitud renuente a la notoriedad fue la que blandiría siempre para salvaguardar su acariciado anonimato, ya sea en Francia, en España o en el país que le tocara visitar. Y también en el Perú, donde llegaba sin aviso alguno y con la sola aspiración de caminar por Barranco y sostener tertulias interminables con su pequeño pero leal círculo de amigos alrededor de una o varias botellas de vino, para luego partir del país en silencio.
Esa actitud, que pasó a formar parte de sus principios, no había variado en el tiempo. Fue la que lo impulsó a abandonarlo todo y partir a Europa, fue la que mostró cuando fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura poco más de dos décadas después, en 1983, y fue la misma que adoptó cuando recibió el Premio Nacional de Cultura, en 1993.
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Pero sus silenciosas idas y venidas acabaron un día en que vino decidido a quedarse en la ciudad que él había sabido describir mejor que nadie, y con el deseo de seguir escribiendo las pequeñas historias de los millones de seres anónimos que la habitan, aunque esta vez compartiendo su vida citadina con ellos.
Y lo logró. Porque salvo excepcionales apariciones en los medios, lo más destacado de la presencia de Ribeyro en Lima fue, precisamente, su práctica ausencia.
Acaso por eso, sólo unos pocos asociaron su inasistencia a la ceremonia de entrega del Premio Juan Rulfo, realizada en México, con la noticia de su muerte en Lima. Porque para el resto, ella sólo era una anécdota rutinaria con la que expresaba su habitual y firme renuencia a poner su preciado anonimato al alcance de las multitudes y los flashes, pero que significaba que el Ribeyro que queríamos se encontraba bien.
Nos equivocamos, sin embargo, porque a diferencia de otras ocasiones, Julio Ramón no reaparecería recorriendo las calles de Barranco, distrito que amó toda la vida, al día siguiente. Ya no. Porque ese día, 4 de diciembre de 1994, había muerto uno de los más grandes escritores que el Perú ha dado al mundo.
Fotografía: Chino Dominguez
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