Qué estoy leyendo
Un único desierto, de Enrique Prochazka
Hernán Migoya
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Hay escritores que no tienen nada que ver con los demás, como ocurre con Enrique Prochazka en Un único desierto. Una irritación creciente en el lector habitual de literatura de ficción es la sensación de que el 99 % de los autores son hijos de otros autores, de otras lecturas, de la influencia nefasta del cine en la carpintería narrativa. La referencia estilística y la ausencia de vida extraliteraria en la mayoría de obras de nuevo cuño convierten en hastío la búsqueda de una voz original.
Enrique Prochazka tiene eso. Él mismo confiesa que no puede leer obras de ficción, por tanto su acercamiento a la ficción se aleja de las roderas dejadas por tantos otros antes. Su aproximación es diferente, proviene de otras lecturas, de sus reflexiones y de sus vivencias no literarias. Sin casi pretenderlo, aporta un enfoque nuevo, apenas rastreable. Le acusan de borgesiano, pero la mirada antropológica pesa más que la discipular.
Paradójicamente, Prochazka es uno de esos escritores oscuros que su propio país aún no ha descubierto. Hay otros grandes escritores en el Perú (casi todos asociados al periodismo, a la no ficción, a lo exterior, en un país que deja poco margen a superarlo con la imaginación): Jaime Bedoya, Rafo León, Beto Ortiz son enormes escritores.
Pero Prochazka es un escritor que no hace periodismo, ni su enfoque es periodístico: ni su mirada. Su mirada está enraizada en lo biológico antes que en lo social. Parece una voz distante de otro tiempo, de un tiempo eterno, que no varía con la coyuntura de nuestras civilizaciones.
En Un único desierto, desgrana cuentos donde puede ir de la parábola al ensayo a la fábula al ensimismamiento sin derramar un ápice de la fascinación que sus páginas ejercen sobre el lector. Como Borges, como Kundera, nunca pierde el hilo por más cuartas y quintas y etcétera paredes que traspase. Sus cuentos requieren una atención máxima y una deglución de noches. Por eso se puede leer a tragos cortos. Por eso aún no lo he terminado.
Pienso que aún no estoy preparado para dar fin a un libro tan inacabable: no como lector, sino como ser humano.
Y ese sentimiento maravilloso, que uno creía agotado en la madurez, lo generan muy pocos autores.
Prochazka ya es de los grandes. Sólo hace falta que más nos demos cuenta.
Como suele ocurrir con los grandes.
* HERNÁN MIGOYA (Ponferrada, España, 1971). Es escritor, guionista de cómics y director de cine. Autor de los libros de cuentos TODAS PUTAS (Editorial Casatomada) y PUTAS ES POCO (MR Ediciones-Planeta). También ha escrito la novela infantil para adultos OBSERVAMOS CÓMO CAE OCTAVIO (MR Ediciones-Planeta). Tiene más de una docena de obras de cómic publicadas, la última OLIMPITA (Norma Editorial), con dibujo de Joan Marín. Con el mismo artista, está realizando la novela gráfica PLAGIO, que narrará fielmente la crónica real del secuestro de su mujer en Lima. Ha dirigido la película ¡SOY UN PELELE! y su última novela, publicada en Perú por Contracultura, se titula QUÍTAME TUS SUCIAS MANOS DE ENCIMA, un retrato del Perú en forma de novela de aventuras y ciencia-ficción.
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